Geoes.-Opinión.-La gran familia Borgoñós.- La verdad.-Tomás Martínez Pagán.-Cartagena, 21 de Julio de 2026

Hace unas semanas me encontré con mi buen amigo Rafa Borgoñós en la barra de un conocido bar a la hora del desayuno. Él estaba tomando fuerzas para continuar con su labor pues, como me comentó, estaba vacunando perros de sus clientes a los que les lleva su seguimiento como veterinario rural. Es de los buenos: comprometido, implicado y siempre pendiente de vacunas, tratamientos y revisiones.

Pertenece a esa estirpe silenciosa de profesionales que no necesitan hacer ruido para dejar huella. Porque un veterinario rural no solo cuida animales; también cuida memoria, cultura y humanidad pues, quien trabaja con animales tiene un bonito y emocionante ámbito, también acompaña familias, sostiene tradiciones y protege una manera de vivir que, por desgracia, se apaga lentamente entre las urbanizaciones y las prisas.

Desayunamos en El Popo de Canteras donde Pascual nos lanzó dos cafés, nos sirvió unos trozos de queso a la plancha, un tomate Flor de Baladre partido con unas anchoas y buen aceite que nos alegró la mañana.

Pepe Roca —que es asiduo del local— nos comentó sobre la sabiduría de los chinos:

—Nosotros pensamos que era sobre la guerra y demás… ¡Pero no! Nos dijo que le preguntaron a un sabio chino: «Maestro, ¿por qué una mujer que se acuesta con varios hombres no es respetada y, sin embargo, un hombre que se acuesta con varias mujeres es considerado un don Juan?».

El sabio respondió:

«Un candado que se abre con cualquier llave no vale para nada. En cambio, una llave que abre varios candados es una llave maestra»

Recordamos la etapa de su padre, el doctor Eduardo Emilio Borgoñós Gómez, muy conocido por haber sido presidente del Repsa y del Cartagena, y padre murciano, nacido en la Plaza de San Ginés.

Allí vivieron hasta que estalló la Guerra Civil y se fueron huyendo de los bombardeos al campo, concretamente al caserío de Los Gutiérrez, en El Albujón. Como apenas tenía cinco años fue escolarizado allí, en la Escuela de La Mina, donde aprendió a leer y escribir

Cuando acabó la contienda la familia vino a vivir a la calle Real de la ciudad. Lo matricularon en Maristas. Con 16 años, y una vocación muy marcada, se fue a estudiar a Madrid.

Empezó en la antigua sede de la Facultad de Medicina y del Hospital Clínico San Carlos, hasta su traslado a la Ciudad Universitaria en el distrito de Moncloa…

Perteneció a la primera promoción que inauguró esta nueva sede de dicha facultad. Tuvo de compañeros en el inicio de la carrera a Jesús Puente y Fernando Delgado, pero ambos se vieron seducidos por el Teatro Universitario (TEU) y abandonaron Medicina.

Se licenció en Medicina y Cirugía en la Universidad Complutense en 1957. Fue miembro numerario de la Sociedad Española de Patología Digestiva.

Antes de regresar a su Trimilenaria natal fue interno en Madrid en el Hospital Clínico San Carlos y en el Puerta de Hierro.

No quiso quedarse en la capital, sino regresar a su tierra para estar cerca de sus padres y casarse con su novia de siempre, Pepita Martínez Torres, en 1959.

Formó una familia y desarrolló su profesión en la Cartagena que tanto amaba y donde había pocos médicos.

Su primera consulta la tuvo en la calle Progreso, en el Barrio de la Concepción; luego en la calle del Duque (donde tenía su hogar familiar) y, por último, en la calle del parque.

Fue médico de la Cruz Roja, ejerció en su hospital de la Alameda de San Antón, ayudaba al Asilo de Ancianos e impartía docencia y prácticas a monjas y enfermeras en el mismo.

Después del gran incendio de la Refinería de Escombreras (Repsa) en octubre de 1969, y por los servicios prestados durante el mismo, le ofrecieron una plaza de médico allí que aceptó.

También fue del poblado de Refinería y llegó a ser jefe del servicio médico de la factoría.

Mantuvo su clínica privada en Cartagena como especialista en Aparato Digestivo.

En los años 70 estudió en Murcia la especialidad de Medicina de Empresa.

Don Eduardo era un trabajador nato, preocupado por sus pacientes y con un gran sentido de la responsabilidad.

También muy buen deportista. En 1966 fue elegido presidente de nuestro Efesé y, en 1976, del Recreativo Repesa.

Apasionado por el Salterio fue autor, en 1968 y 1969, de los carteles de nuestra Semana Santa.

En la década de los 60 fue el presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos de Maristas, desde donde luchó por colocarle el nombre de Hermano Pedro Ignacio a la actual calle del colegio.

Un auténtico humanista

Gran amigo y tertuliano de Casimiro Bonmatí, los hermanos Clemente Arcasucaga, Pepe Yelo, Carlos Romera Galiana, Pepe Azofra, José Castelló, Federico Sánchez y Fulgencio Rosique, todos magníficos cartageneros de la época.

Fue un humanista en el amplio sentido de la palabra. Una persona muy culta y muy bien informada que siempre «estaba al día».

Amante de sus siete hijos y sus siete nietos, a los que ha llegado, no solo el sentido del deber sino, también, su amor a la profesión —que algunos continúan—, a la familia y a la cultura, con una gran biblioteca ahora repartida, donde nunca se prohibió leer nada de lo que allí estaba contenido.

Tras recordar a don Luisino. Los hijos del doctor Borgoñós son Rafael, licenciado en Veterinaria; María Dolores, gestora de Información Científica; Eduardo, un eminente psiquiatra y heredero de la tradición en medicina; Juanjo, técnico informático; Maco, funcionaria del Ayuntamiento de Cartagena; Rosell, la deportista de la familia pues es profesora de aerobic; e Ignacio, escritor con numerosos premios.

El encuentro familiar lo celebramos en la Venta D’Paso, en Los Molinos Marfagones.

Allí mis amigos Antonio y Ana cocinan una comida casera y tradicional, sabrosísima y abundante.

Empezamos con una ensalada de pimientos asados con ventresca, acompañando plato de embutidos de nuestro campo (lomo, morcón, chorizo, butifarra, salchichón, sobrasada y tocino) con un buen pan moreno.

Pasamos a unas papas bravas de La Puebla con oreja.

Un revuelto de patatas paja con morcilla y unas albóndigas caseras dieron paso a una fuente de chuletas de cordero a la brasa, con patatas al ajo cabañil y huevos fritos camperos.

Todo regado con un vino de nuestra tierra Señorío de la Cámara, de cepas viejas, un tinto exquisito.

El punto dulce fue un mousse de asiático con un vino pasa Moscatel.

Después de compartir con esta gran familia les dejo con esta reflexión:

«Las cosas pasan por algo y por algo no pasan. Ni el destino se equivoca ni el tiempo llega tarde. A veces la vida te protege, otras veces te empuja pero siempre, siempre, te coloca justo donde tienes que estar».

Y, además, obras de arte, pintura en especial, con predilección por Paco Conesa.

De izquierda a derecha, en el Rincón de las Tejas de la Venta D’Paso: Ignacio, Rafael, Eduardo, María José y Rosell Borgoñós; de pie, Antonio y Ana, propietarios del local.

Fuente: La verdad – LAS COSAS POR SU NOMBRE – Tomás Martínez Pagán

 

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